Lisboa continua viva...
Tras muchos miedos (aún después de llegar) y un día en el que tuve que trabajar duro para desoxidar mi portugués, todo volvió a ser como antes y la calidez del Tajo me abrió los brazos de nuevo.
A pesar de que tuve algunos contratiempos y mucho trabajo, las cosas se alinearon de tal manera que me encontré por casualidad con mi casero por la feria a la que iba y pasé por delante de mi escuela mientras hacía una visita a un importador en Estoril.
La última noche en la ciudad intentamos llegar al centro antes de que cerrara la Fnac (cosa imposible, llegamos justo a las 10, pero ya había hecho provisión de libros en la Bertrand de Vasco da Gama), y al no poder hacerlo simplemente comenzamos a bajar hasta Rossio para coger la Augusta (turística, peatonal...) hasta llegar a la de los Remédios y subir siguiendo la línea del tranvía hasta el mirador de Santa Luzia.
Allí nos desviamos para ir a uno de los bares que más me fascinan de la ciudad, el Chapitô, una terraza al Tajo desde una de las partes más altas de la ciudad (está al lado del castillo) e increiblemente cerca de mi casa cuando vivía allí.
Era la noche de San Valentín y éramos las dos únicas personas que no iban en pareja a festejar el amor en estado consumista. Simplemente nos tomamos nuestras Super Bock y disfrutamos del olor a barrio viejo, a fadistas y tradición que tiene Lisboa.
Me quedé con ganas de más. Volví con ganas de quedarme.
Necesité tener a JFK a mi lado y explicarle cuales eran mis tiendas favoritas, en qué bar había mejor ginjinha o mostrarle el mercado especiado de Martim Moniz...
Habrá más ocasiones (ahora lo sé).
Lisboa permanece viva en mí. Está ya grabada en mi corazón para siempre (y yo también en el suyo).
PD: Y esto me sirvió para volver a comenzar a leer un libro en portugués.
Ilustración de JMathewes.
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